Sunday, October 16, 2011

Pesadillas que se Vuelven Realidad.

Con sus pocos años como médico y a pesar de su corta experiencia, el joven interno ya había aprendido algo: la mayoría de las veces el escándalo que se escucha entrar a través de las puertas de un servicio de urgencias cuando traen un enfermo o un herido no es directamente proporcional a la gravedad de la situación; “la sangre es escandalosa” y muchas veces no se trata más que de una cortada insignificante en la cabeza que necesita un par de puntos de sutura o de un novio borracho que acaba de ser despachado por su ahora ex-novia y hace una escena de celos seguida de un ataque de histrionismo.

Por eso a las 11 pasadas de la noche, cuando sintió las dos puertas de madera del servicio de urgencias abrirse y goplear violentamente las paredes y seguidamente escuchó el ya rutinario “un médico, un médico!!!” no se alarmó. La noche hasta ese momento había estado tranquila, era miércoles y las calles del pueblo (a donde había llegando hacía 3 semanas a hacer su práctica) estaban desiertas y no llenas de borrachos gastándose la quincena en trago y repartiéndose machete.

Se levantó parsimoniosamente de su silla dentro del servicio de urgencias donde charlaba animadamente con una joven y atractiva enfermera y se encaminó hacia la puerta por donde esperaba que apareciera el motivo del escándalo. Pero mientras se iba acercando a la puerta, en vez de ver entrar a alguien cargando al borracho histriónico de turno, vió un bulto compuesto de unas cuatro o cinco personas apeñuzcadas que siguió de largo hacia el área de hospitlalización, sin entrar a urgencias.

- Vengan, vengan, es por acá – alcanzó a decir, pero al asomarse por la puerta vió una escena que le quedaría tatuada en su memoria desde esa noche: mientras otra enfermera hacía señas para que la masa humana siguiera hacia el corredor de la derecha, vió que el bulto en realidad eran cuatro hombres cargando a una mujer indígena embarazada, cada uno cojiéndola de un brazo o pierna; ella iba cabeza por delante, y desde atrás podía ver las piernas abiertas de la mujer y como el cuerpo de una criatura colgaba flácidamente, tan solo sostenido por la cabeza que aún estaba introducida en la pelvis de la mujer.

“Rápido, por acá a la sala de partos” gritaba la enfermera mientras la cara del joven interno se palidecía producto del terror. Metió carrera para tratar de llegar antes que la paciente a la sala de partos, y gritó a todo pulmón “llamen a Bedoya” el médico-profesor de turno para esa noche.

Enseñan en las facultades de medicina que el parto por vía vaginal de un niño que viene en podálica (con los pies por delante) es tal vez el más complicado de todos. Atenderlo adecuadamente requiere de experiencia y además conocer los 20 pasos que hay que seguir al pie de la letra para poder recibir a la criatura en perfectas condiciones. Muchos experimentados obstétras no se le miden por el temor a que la cabeza del bebé quede atrapada dentro de la pelvis de la madre y desde ese momento sólo hay 2 minutos antes de que la compresión sobre el cordón umbilical corte la circulación, y por ende, la llegada de oxígeno al cerebro lo que conlleva a daño cerebral. Por ello, ante un feto que venga en podálica, casi que automáticamente programan cesárea.

Era obvio que la paciente en cuestión no alcanzó a llegar al hospital a tiempo. En el momento no lo sabían, pero era una paciente que vivía en un resguardo indígena aproximadamente a 3 horas de la cabecera municipal, y que al sentir los primeros dolores y no tener transporte, emprendió el viaje de 6 horas a pié hasta llegar al puesto de salud mas cercano. Luego de allí al hospital eran 45 minutos en Jeep por carretera no pavimentada, pero la larga caminata le habia acelerado el trabajo de parto y cuando llegó al puesto de salud ya estaba en dilatación completa.

La paciente fue encaramada a la mesa de partos, y el interno se paró en medio de las piernas de la paciente con la criatura grotescamente colgando de la cabeza que aún estaba entre la pelvis. Mientras se ponía los guantes, intentaba recordar el orden de los 20 pasos requeridos para atender partos en presentación podálica: "maniobra de Rojas, Mauriceau, etc, etc"... Cuanto tiempo llevará el bebé con la cabeza atrapada? - se preguntaba al tiempo-.

Sostuvo el cuerpo del bebé, con una compresa tomó a la criatura por los pies, los levantó en el aire y hizo tracción hacia arriba, tal como recordaba que el dibujito en el libro de ginecoobstertricia describía. No salió... HP!!! Será que lo estoy haciendo mal? –se preguntó con angustia y autoculpándose por no haber estudiado más veces los dichosos los 20 pasos esos. En cuestión de unos de 15 segundos probablemente ya había traccionado unas otras 2 o 3 veces, sin éxito alguno.

En ese momento entró Bedoya corriendo. De un brinco se metió entre las piernas de la paciente y sin mediar palabra el interno se quitó para no estorbar. Tomó a la criatura por los pies. Tracción hacia arriba. El aprendiz se sintió transitoriamente mejor al ver que no había pecado por ineptitud u omisión. Pero nada. Tras varios intentos, intentó desesperadamente insertar un fórceps, pero no había espacio para meterlos. Retención de cabeza última. Una pesadilla hecha realidad.

Fueron más o menos otros 35 minutos para sacar el bebé, 35 minutos donde el estado de ánimo pasó de gritos, apuro, desesperación a incredulidad y finalmente resignación para Bedoya, el interno, y el cuerpo de enfermería de turno esa noche, mientras la madre seguía empotrada en esa camilla, ya cansada física y moralmente. Finalmente el bebé salió flácido, cianótico (o sea "morado", para los no médicos), inmóvil, sin respiración espontánea. Su cuerpecito sin vida fue puesto en una cuna caliente. Bedoya intentó contestarle todas las preguntas a la madre mientras le explicaba el trágico desenlace.

Estaba el docente en plena conversación cuando el interno se le acercó por detrás y le dijo “dóctor (así con el acento en la primera O), el bebé tiene ruidos cardíacos”.

Efectivamente, Bedoya comprobó que el bebé (era un niño) aún tenía ruidos cardíacos. Volvió y lo auscultó, como para asegurarse que no estaba oyendo cosas que no estaban. Pero si. Una frecuencia cardíaca muy lenta, pero la había.  Le clavó una mirada al interno que contenía una mezcla de incredulidad, desapruebo y resignación; “para que lo auscultó, hermano? “ le reclamó. Paso seguido intercambiaron miradas de "y ahora que hacemos?" como cuando un dilema ético se hace notar. Finalmente Bedoya dijo "pues tocó hermano, así que hagámosle”. Se inició masaje cardíaco, oxígeno por máscara. El bebé fue cambiando a un color rosado. Respiró por su cuenta. Eventualmente lloró y se estabilizó.

A las 4 y media de la mañana el interno no tuvo ninguna duda que esos movimientos sutiles del bebé en la incubadora eran convulsiones, signo de daño cerebral por falta de oxígeno. Era la primera manifestación de lo que iba a ser una vida llena de dificultades para el bebé y para su familia. Entonces ahí terminó de entender el “Para que lo auscultó; hermano” de hace unas horas. 

De pronto, tal vez, habría sido mejor no auscultarlo, nunca darse cuenta que aún estaba vivo y dejarlo ir? Se había salvado una vida, pero a cambio la familia recibiría una criatura con un daño cerebral severo y llena de limitaciones. Lo que llaman una victoria “pírrica”.

De esto hace ya 18 años.  Como intuirán el interno de turno era el que escribe. Todos los médicos tenemos historias como la de arriba que nos dejan marcados y haciéndonos preguntas. Para mi la pregunta siempre ha sido si a ese bebé y a esa familia realmente se le hizo un favor.

Siempre habrá el caso médico que le ponga a prueba al galeno sus conocimientos médicos y tal vez más importante aún, de que está hecho éticamente hablando. A propósito: si supieron que cancelaron el semestre de medicina de la Universidad Nacional en Bogotá porque los estudiantes no tienen donde hacer práctica?


PD: El nombre del profesor de turno fué cambiado. Hoy día "Bedoya"es un prestigioso especialista.

2 comments:

  1. Que hermoso relato, si me hiciste pulsar mi corazon a millon, no me quiero imaginar lo que sentiste esos 35 minutos y como ahora los recuerdos rondan en tu mente.
    Lo que si puedo decir es que eres un gran medico y que tus practicantes tienen una mina de oro en conocimientos como Jefe.

    JK

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  2. Interesante relato, seria mucho pedir que siga escribiendo este tipo de historias? me inspiran mucho.

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